dissabte, 16 de febrer del 2013

Sobre la situación política de Cataluña después de la declaración de soberania

El día 20 de diciembre, Artur Mas pronunciaba un discurso de investidura en que afirmaba lo siguiente: “Cataluña tiene que aceptar de una vez por todas que España no quiere ser cambiada, y está en su derecho a no ser cambiada. Asimismo, España debería aceptar que Cataluña no quiere ser ni absorbida, ni asimilada ni homogeneizada. […] Cataluña debe abrir un nuevo camino, una nueva manera de hacer, una nueva estrategia. […] debe iniciar su propia transición nacional que, de hecho, es el único camino que nos queda”. Con estas palabras, el entonces presidenciable manifestaba su voluntad de crear un estado catalán dentro de la Unión Europea poniendo fin, de esta manera, a una larga estrategia política basada en garantizar la estabilidad parlamentaria de los ejecutivos centrales a cambio de mayores cuotas a autogobierno para Catalunya. 


En primer lugar, podemos afirmar que el cambio de orientación estratégica del hasta ahora partido hegemónico de Catalunya ha sido fruto de una transformación previa del nacionalismo catalán. Desde hace algunos años, los intelectuales orgánicos del catalanismo conservador han desarrollado un discurso independentista basado en una serie de preceptos de política económica (un supuesto expolio fiscal, la falta de inversiones en capital fijo para estimular la economía catalana, etc.) que ha sido asumido por capas cada vez mayores de población[1]. Ante este hecho, Convergència i Unió (CiU) ha modificado su programa y su estrategia para no perder el liderazgo de la construcción nacional catalana. Para justificar este cambio de orientación, la federación nacionalista necesitaba escenificar una ruptura con su anterior voluntad de reformar el estado español. Para ello, generó momento simbólico homologable a los mitos constitutivos de los estados-nación modernos: la llegada a Barcelona del Presidente de la Generalitat después del rechazo de la propuesta de “Pacto Fiscal” (eufemismo usado para diferenciarla del concierto económico del que disfrutan las provincias forales) por parte del ejecutivo de Mariano Rajoy. Teniendo en cuenta el carácter inconstitucional de la propuesta y el escaso margen del Presidente del Gobierno de España para satisfacer dicha demanda, podemos afirmar que la verdadera intención de Artur Mas no era obtener un acuerdo político, sino conseguir una excusa para escenificar la ruptura simbólica a la que antes se hacía referencia.

Como es bien sabido, las pasadas elecciones al Parlament se saldaron con una inesperada erosión de la mayoría parlamentaria de Convergència i Unió que obtuvo el peor resultado de su historia en términos porcentuales. Como consecuencia de este hecho, la federación nacionalista tuvo que firmar un acuerdo de estabilidad parlamentaria con Esquerra Republicana de Catalunya que incluía, entre otras propuestas, la celebración de una consulta popular dentro de la presente legislatura. En este sentido, el pasado 23 de febrero, el pleno del Parlament de Catalunya discutió una resolución parlamentaria titulada “declaración de soberanía y el derecho a decidir del pueblo de Catalunya”  que fue aprobada con 85 votos a favor, 41 en contra i 2 abstenciones. Esta resolución fue impulsada por Convergència i Unió, Esquerra Republicana de Catalunya e Iniciativa per Catalunya Verds – Esquerra Unida i Alternativa (ICV-EUiA) y contó con el apoyo crítico de las Canditatures d’Unitat Popular-Alternativa d’Esquerres (CUP-AE). Por su parte, el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) votó en contra de la resolución argumentando que la consulta popular en ella contenida no tenía como objetivo hacer efectivo el derecho de autodeterminación del pueblo de Catalunya, sino refrendar un proceso político de independencia previamente iniciado. Por último, tanto el Partido Popular (PP) como Ciutadans (C’s) mostraron un rechazo frontal a la resolución parlamentaria por considerarla desleal hacia el orden constitucional vigente.

El pasado martes 12 de febrero, el Govern de la Generalitat presidido por Artur Mas creó un grupo de expertos llamado Consell Assessor per la Transició Nacional cuyo objetivo es asesorar política y jurídicamente al gobierno catalán en el proceso que tiene que culminar con la convocatoria de referéndum. Por otra parte, propuso la creación de un espacio llamado Pacte Nacional pel Dret a Decidir en que participaran los partidos que dieron apoyo a la resolución soberanista y una serie de organizaciones sociales aún por determinar. Según hizo saber Francesc Homs, Consejero de la Presidencia y Portavoz del Gobierno de la Generalitat, los acuerdos alcanzados en este marco deberán ser discutidos y, si procede, aprobados por el Parlament.

Así pues, el proceso de independencia iniciado a instancias de las dos principales fuerzas parlamentarias (CiU y ERC) parece irreversible. Sin embargo, dicho proceso aún suscita algunas dudas importantes. En primer lugar, el marco legal actual no permite hacer una consulta popular por la vía de referéndum sin la autorización del gobierno central. Para sortear esta dificultad, CiU pretende aprobar un proyecto de ley titulado “proyecto de ley de consultas populares no referendarias” que permitiría convocar una consulta popular sin pedirle permiso al gobierno central al no tratarse, formalmente, de una consulta por la vía de referéndum. En este tipo de consulta, no se utilizaran los datos del censo electoral[2], sino los del padrón municipal. De ser así, la celebración de la consulta independentista quedaría subordinara a la voluntad de cada ayuntamiento. Ante esta situación, la Assemblea Nacional Catalana (ANC), organización cívica cuyo objetivo es la construcción de un estado catalán antes del 2014, se ha comprometido a organizar la consulta en aquellos pueblos y ciudades cuyos gobiernos municipales se nieguen a celebrarla.

Los/as comunistas debemos apoyar el derecho de autodeterminación de las naciones que en la actualidad forman parte del Reino de España. Sin embargo, consideramos que todo proceso que se ampare en este principio político debe ir acompañado de una serie de garantías jurídico-políticas que impidan que este se convierta en un instrumento en manos de las elites para refrendar o legitimar decisiones políticas previamente adoptadas. En este sentido, debemos ser muy críticos con el modelo de consulta popular que se ha planteado.



[1] En cuanto a la opinión pública se refiere, las últimas encuestas opinión hechas por el Gabinet d’Estudis Socials i Opinió Pública (GESOP) revelan que el resultado de la consulta dependería de la pregunta que se formulase. Así pues, según este estudio, si la pregunta fuese “está de acuerdo con que Catalunya se independice de España y sea un nuevo estado de la Unión Europea”, el “Sí” obtendría el 55% de los sufragios. En cambio, si la independencia supusiese la salida de Catalunya de la Unión Europea, solo el 38,60% de los catalanes votaría a favor.
[2]  Según la Ley Orgánica de Régimen Electoral General, la elaboración del censo es competencia exclusiva de la Oficina Nacional del Censo (organismo público adscrito al Instituto Nacional de Estadística).

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